Los girasoles de van Gogh

Estudio de Los girasoles de van Gogh

1 septiembre, 2014

Los girasoles

Dentro de la fantástica obra del pintor holandés Vincent van Gogh, la serie “Los girasoles” constituye uno de sus trabajos más icónicos y admirables. Este extenso estudio de los girasoles en todas sus variantes, nos muestra la genialidad del pintor, pero además es una ventana para conocer su riquísimo mundo interior.

Tímido y conflictuado, Vincent nos presenta una obra exuberante, llena de colorido y pasión que trasciende el tiempo para conmovernos con su vitalidad y energía. Dotado de una paleta que prefiere los tonos brillantes, el discurso pictórico de van Gogh expresa sus turbaciones, miedos y anhelos tan explícitamente como si estuviésemos hablando a solas con el pintor. En la serie “Los girasoles”, podemos apreciar todas las etapas de esta flor en una alegoría sobre la vida humana y su finitud.

Pintados en Arlés entre 1888 y 1889, como continuación de una serie de girasoles pintados sobre una mesa anteriormente en París y que Gauguin elogiara, motivo por el cual van Gogh decidió decorar la casa con una nueva serie de girasoles para recibir a su amigo durante su breve convivencia.

La elección del girasol no es azarosa o por mero gusto personal, sino que está ligada a la condición religiosa de van Gogh, hijo de un pastor y constantemente preocupado por su búsqueda de Dios, encontró en el girasol un vehículo perfecto para expresarse. El girasol es la flor que simboliza el ideal del buen cristiano, siempre mirando al sol, el cual se identifica con Dios.

Por otra parte, el color elegido como predominante en la obra es el amarillo cromo, un tono muy brillante que da esta vitalidad llamativa a la serie, el cual se combina con la paleta de ocres, naranjas y tonos de tierra, que en otro artista podrían haber resultado en una obra plana y carente de interés, pero por el contrario, en Vincent se torna atrapante por los contrastes que el pintor emplea en forma precisa utilizando colores complementarios, en un caso con contrastes potentes y en otro con contrastes sutiles, creando un conjunto de gran potencia.

Podemos visualizar el contraste difuso en el verde de los tallos y hojas, mientras que la línea azul que demarca el borde de la mesa en que se apoya el jarrón es un contraste intenso que divide al cuadro en dos partes. El resultado, un conjunto perfectamente equilibrado, donde las flores puestas en aparente caos, guardan un sitial cuidadosamente estudiado para dar equilibrio a la composición. Una muestra de la meticulosidad con que pintaba van Gogh y de su indudable genialidad.

Yendo más lejos, podemos estudiar la preferencia del artista por el amarillo, que está muy presente en su obra de Arlés, lugar al que llegó en busca de un sitio que le ofreciera una luz pura. Podemos ver el amarillo también en la “casa amarilla” en la cual vivía y que pintara en reiteradas ocasiones y en sus trigales. Desde el punto de vista psicológico, el amarillo es un color que representa la claridad, el alivio y la distensión, algo que faltaba en la vida de Vincent y que tal vez adopta en su pintura para compensar esta carencia. Es así como la obra adopta un carácter ritual, casi diríamos mágico, donde el artista intenta corregir su vida por medio de su arte y de alguna forma lo logra, pues la pintura de van Gogh perdura y nos conmueve hasta el presente.

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